«Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía» — JOSÉ VASCONCELOS

El personaje del peregrino le explicó a Julien Green, en el albergue de La Mesa, lo sucedido en ese momento; como en principio vio un texto pero más allá del texto la historia, si se puede describir así. No era como refugiarse en la fantasía o la imaginación, que proceden del abstracto goce, era como lo que sucede en nuestros sueños.

Julien le había pedido que continuara adelante y el personaje del peregrino le habló de lo que era el tiempo para los antiguos griegos y de él y Albany en la Laguna Veneta y de como la española y él habían regresado a Bayona.

En Bayona la española había desaparecido durante media hora. El personaje del peregrino no sabía siquiera si ella iba a regresar o no pero al cabo de ese intervalo volvió y le tendió las llaves de un coche, preguntándole que si estaba dispuesto a conducir. Partieron en dirección a Mont-de-Marsan y después hacia Sauternes, donde hicieron noche. Allí tenían una reserva y estaban esperándolos. La dueña, una mujer muy agradable, les preparó una cena exquisita pero ellos durmieron en habitaciones separadas, aunque esa noche él ha de decir que lo agradecía, porque la anterior no había pegado ojo… A la mañana siguiente se dirigieron hacia Bordeaux, comieron en Niort y su punto de destino era Quiberon, donde también los estaban esperando. Pero donde la española va a excusarse y comunicarle que tiene que ausentarse por algunas horas, que son las horas en las que él se recuerda detenido frente a le château Turpault.

El tercer día de viaje se encaminaron hacia Auray, continuaron a Rennes, después a Le Mans y, por último, hasta París. En París tenían que dirigirse a una dirección en concreto, la rue de Montmorency, que el personaje del peregrino recordaba porque en el número 51 se encuentra el Auberge Nicolas Flamel, que es un fantástico restaurante que se localiza en el mismo solar en el que el famoso alquimista levantó su albergue y, hoy por hoy, la casa más antigua de París.

Tomaron como entrante un foie grass en escalope con manzana y oporto a las especies y, luego, langosta con una crema de espinacas y gnocchis. Acompañándolo de un Cháteau Violet Lamothe del 2009, que es un vino muy sedoso y de aromas frutales, de la zona de Sauternes, precisamente, y elaborado con sémillon y sauvignon blanc. Para finalizar con uno de los postres de la casa, un lingote de chocolate con helado de caramelo. Y a la salida la sorpresa. Un hombre los estaba esperando, era un chófer y el personaje del peregrino tenía que aceptar como única condición subirse a ese coche con los ojos vendados.

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