«Solo unos pocos encuentran el camino, otros no lo reconocen cuando lo encuentran, otros ni si quiera quieren encontrarlo» — LEWIS CARROLL

«… and now I sit here despairing/ I think of nothing else: this fate gnaws at my mind…» -se pregunta el Cavafis que nunca llegó a escuchar el ruido o el sonido de los constructores, que imperceptiblemente le habían encerrado fuera del mundo. Y el personaje del peregrino estaba ahí detenido cuando ve a la española venir agitando contenta su mano. «Tengo que darte una mala noticia» -le dice ella mientras se coge a su brazo y se encamina hacia el portal de Saint-Jacques, que se encuentra en la parte más alta de esta pintoresca villa, donde las mujeres andan, como una costumbre, descalzas por la calle. «Esa era Mme. Sinanian» -le confirma la española, la propietaria de Au cant du coq, otro refugio como el de Viotte.

El personaje del peregrino no ha sido inmediatamente consciente de ello pero, cuando ella se ha cogido de su brazo, ha comenzado a experimentar una levedad desconocida que ha dejado de experimentar cuando se detienen frente a ese paso previo a la ciudadela militar. Paso que en el año 1998 fue declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Respóndeme, por favor, a una cosa que me tiene bastante preocupado. Carmen, ¿tú eres antisemita? -le dice.
¡No, claro que no! Ni yo ni Slimobich somos antisemitas. Y me alegra que me lo preguntes pero también podías haberme hecho otra pregunta.
¿Qué pregunta?
– ¿Qué tienen que ver los judíos con el dinero?


El personaje del peregrino se experimenta, otra vez, bastante anonadado, casi no se reconoce y no comprende qué podía haber estado pensando para indagarla de esa manera tan desconcertante.

Lo siento, tienes razón -dice a modo de disculpa. ¿Qué tienen que ver los judíos con el dinero?
– Se cree que los judíos llevan en la India desde el tiempo del rey Salomón, y que a excepción de la India, en la que se les ha tratado con tolerancia, siempre han sido acosados o perseguidos. Pero hay una actitud que se desprende del judío de la diáspora, que es la actitud del asentimiento al castigo y la maldición de ser el pueblo elegido, elegido para cargar sobre sí el peso de los pecados del mundo. Un pueblo de pastores que pastoreaban sus rebaños y cultivaban como aldeanos el suelo. Un pueblo que se fue extendiendo por todo el mundo y que es el encargado de manejar el dinero, porque su religión no rechaza el dinero y por eso acumula el dinero, y porque para el noble y el gentil ese manejo estaba prohibido, como era el caso de los príncipes polacos… Así que el judío presta el dinero al poderoso y, a cambio, recibe un papel en el que se le exige al campesino; por lo que representando el papel de testaferros del poder, de rostros visibles de la explotación, son los que reclaman el pago de la deuda. Y cuando, como en el caso de los cosacos y los tártaros, surgen las grandes sublevaciones contra los príncipes, el pueblo marcha sobre quienes reconocen como responsables del hundimiento personal de sus vidas. Y es así como comprendemos los grandes «pogroms» que hubo en la Europa Oriental en los siglos XVI y XVII, porque tampoco tenían manera de defenderse y podían ser despojados de todo en todo momento. Y eso es lo que va a cambiar a raíz del Holocausto y la formación del estado de Israel, la concepción de que ofrendar la vida a Dios era un deber. Pero en la memoria colectiva, donde existe el odio al semejante y el odio a la diferencia, que es -según este psicoanalista- el terror a la diferencia, ya habrán sido marcados por su intensa relación con el dinero. Y en el humor y en la risa con lo que nos encontramos es con que el punto de vista intelectual ha vencido a la desgracia y nos libera de la angustia. El chiste es el ahorro del despliegue afectivo.
Ya pero eso no explica porqué tu eliges contar solamente chistes de judíos.
Porque son los únicos que conozco y porque los escuché en esa conferencia. Yo no veo la televisión ni asisto a espectáculos cómicos y ni siquiera me relaciono con los demás desde hace años, Hervé.

Al personaje del peregrino su concluyente respuesta le pareció inverosímil pero decidió cambiar de tema. «Y dime -le dijo a continuación- ¿cuál era esa mala noticia que decías que tenías que darme?» Sólo que lo que la española iba a decirle no guardaba relación -como bien sabía él- con el imposible hallazgo de su teléfono, sino con dos frailes de una orden mendicante italiana, los Servitas de María, que venían andando desde Bolonia con severas dolencias en sendas rodillas. Y motivo ese por el que Carmen había aceptado cederles sus literas inferiores, algo que al personaje del peregrino -y como le confió- le tenía bastante preocupado, porque le producía una cierta dosis de ansiedad la posibilidad de hacerse daño al caer al suelo, debido eso a la rotura de un brazo durante un campamento infantil de verano. Pero tampoco el asunto de las literas era lo único que la española tenía que contarle. Los dos frailes se habían ofrecido voluntarios para preparar la cena, y sabiendo ella el mucho interés que él había demostrado tener en cocinar esa noche para todos… lo que le proponía era que se diesen prisa en regresar al albergue de la rue d’Espagne, porque Carmen veía difícil que le fueran a echar a él en falta para algo. Y eso hicieron, abandonar la ciudadela por la rue de la Citadelle, cruzar la Nive y asomarse él a la cocina, justo en el momento en que ellos comenzaban con los preparativos del postre, una receta inspirada en Pellegrino Artusi, con higos estofados, leche, chocolate negro, azúcar, cardomomo y yemas de huevo.

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