«Los sueños son el espíritu de la realidad con las formas de la mentira» — GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

Andaban por encima de las nubes, aunque todavía lejos de tocar el cielo con sus manos, como les sucede a los peregrinos al atravesar le port Cize, en palabras del ‘Iter pro peregrinis ad Compostelam’. Y aún así, a pesar de la llovizna y de las existenciales tribulaciones del personaje del peregrino, por entre el eco de los minifundios y lo ondulado de estos promontorios pirenaicos, a él le parecía ir a poder hacerlo en algún momento del articulado devenir. Hasta que un «¡GORA EUSKAL HERRIA!» inmediatamente le regresó a la realidad. Desde ahí, desde ese depósito circular de agua donde lo han pintado, todavía no nos lo imaginamos pero el refugio de Orisson está, como quien dice, a un tiro de piedra. Y será él quien le pregunte a monsieur Etchandy lo mismo que a Eric Viotte. Y, aquí, lo que existirá será un sobre, ciertamente. Un sobre del que Etchandy hace entrega al personaje del peregrino. La española se ha sentado al fondo, en la única mesa redonda, a la altura del ventanal por el que se observa como la gente venida desde Huntto ni siquiera se detiene y prosigue su ascenso, bajo el extintor.

– Toma -le dice. Esto que me han dado debe ser lo que estás esperando.

Ella lo abre y lo que le muestra es tan solo una fotografía de un cementerio de París.

– ¿Lo reconoces? -le pregunta.

El personaje del peregrino le dice que sí, claro. Porque qué francés puede no reconocer una vista aérea de Montparnasse. Y a continuación ella: «Pues vamos a poner las cartas sobre la mesa.» Levanta el lateral de la bandolera y lo que pone sobre la mesa es ¿una losa de mármol? A él eso lo escalofría. Pero también -nos advierte- no sabe porqué razón.

¿Tú qué crees que es esto? -le pregunta ella.
No sé. Parece algo »trés ancien».
– ¿Antiguo? -comprende la española

Pero, entonces, lo que saca de la mochila es un cuadernillo cualquiera. Y escribe algo que por dos o tres veces tiene que detenerse a pensar. Luego ese escrito se lo tiende y le dice: «Esto no debes olvidarte de conservarlo contigo; pero ahora léelo en voz alta, por favor.» El personaje del peregrino recita despacio los versos en sánscrito. Y a su entender lo que sucede es nada. Sin embargo, cuando ella empuja esa piedra hacia él y dice «lee lo que quieras por donde debas», a priori, el personaje del peregrino no da crédito pero cuando sus manos se ponen sobre ello, sus manos saben desde antes que es un libro; y lo que es mejor, saben comportarse con ello como si lo fuera, aunque eso él todavía no lo sepa.

¿Qué demonios es esto? -le pregunta. ¿Puedes explicármelo, por favor?

Pero ella dice que sólo puede decirle lo mismo que dijo Mallarmé, que «nombrar un objeto es suprimir tres cuartas partes del goce de un poema, que está hecho de adivinar poco a poco: sugerirlo, aquí está el sueño. Es el uso perfecto de ese misterio, lo que instituye el símbolo: evocar poco a poco un objeto para mostrar un estado de ánimo o a la inversa. Escoger un objeto y liberar un estado de ánimo a través de una serie de desciframientos.»

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