«El espíritu humano avanza de continuo, pero siempre en espiral» — JOHANN WOLFGANG VON GOETHE

La calle en ascenso, desde que dan sus primeros pasos. El personaje del peregrino no le pregunta a ella si hacen lo correcto al alejarse con esa oscuridad, porque cree conocer la respuesta que ella habría de darle. Ni siquiera al volver la vista atrás Saint-Jean-Pied-de-Port arroja, prácticamente, alguna luz sobre sí; sólo la de sus farolas, porque nadie en el pueblecito parece haberse despertado aún.

El personaje del peregrino se siente insuflado de un espíritu que no parece ser el suyo, y que es el espíritu que toma posesión de todo caminante y todo peregrino, el espíritu indómito del Camino. Y que relegado gorjeo el que anida, ahora, desde la lejana desmemoria de la adolescencia, esas tripas que lo alborozan. Casi sin poder creer lo que vive, muy emocionado, al pie de la ruta tomada por las tropas del mariscal Harispe y Napoleón.


Lo asombroso de la noche es que uno no percibe la pendiente de la misma atravesada manera. Y la noche caminada con los bastones de los ojos es más leve.

A las 6h30min. habían alcanzado el caserío Iruleya. Pero sólo será al borde de las siete cuando los conos, que perciben la montaña como si revelara la presencia de Dios, comiencen a recibir la estimulación fotónica necesaria. De Orisson eran 5 kilómetros, desde aquí, los que los separaban. La carretera era estrecha pero todavía el asfalto les parecía muy dulce. Iba a ser un día cerrado en lluvias, lo más seguro. La española recurre a una capa que en minutos chorrea, agua y sudor, y su giba resoplando delante del personaje del peregrino lo hace sonreír felizmente. Él lo reconoce, no sabe porqué antes no ha andado pero este es todo un dichoso descubrimiento. Y el verde de este entorno vibrante comienza a alojarse en su alma, como antes solo recuerda que lo hicieran el azote del viento y los oleajes marinos de las corrientes océanas.

Luego, comenzaron a concurrir con todos esos hermosos ejemplares de oveja latxa, con sus beiges mantos largos y sus cabezas y patas oscuras, con cuernos como de constelación. Todas enfrascadas en la hierba. Y van viendo como han venido izándose, como por una sierpe de asfalto, donde se comprende que las nubes, incluso desde su insignificancia, pueden llegar a resultarnos lo más amenazante. Están cerca de Huntto, donde también se ofrecen camas y donde la española propone que se detengan a desayunar algo. Noticia que al personaje del peregrino le parece estupenda, porque sin pensarlo siquiera le ha cedido el control de su vida. Y Carmen, sin quererlo siquiera, ha pasado a ser para él tan importante como antes lo había sido Albany y como antes de Albany lo había sido su propia madre. Él reconoce que eso es vergonzoso pero porque lo sea no deja de ser su verdad. Ya que es como si desde siempre -y de esto es de lo que se hace consciente ahora- hubiera estado esperando que alguien tomase por él todas las decisiones; y un poco le duele pensar, después de todo, que eso sólo lo hizo porque le aterra tener que asumir la responsabilidad de aceptar sus errores y sus equivocaciones, sus fracasos. Pero algo que también evita que pueda sentirse orgulloso de sus aciertos, de sus intuiciones y de sus éxitos personales. Así que, a poco más de 3 kilómetros de marcha, ya ha comenzado a entrever qué clase de revelación le ofrece el Camino… Y, cuando está mordiendo el croissant, lo que descubre es que aquello que le impedía verse como era, y que se parecía a esta niebla que los rodea, ahora ya no se encuentra dentro de su mente, y eso puede observarlo con una lucidez casi diáfana. Estamos hablando de un crecimiento inédito, que no se había producido en él desde no sabe cuando pero no sería exagerado decir que, tal vez incluso, desde la adolescencia. «¿Vamos?» -le pregunta ella, ahora. Si es que mientras reponían energías ni habían hablado. Carmen le dirá que ese es su sueño, ser capaz de caminar con alguien así. Cada uno en su mundo y sin llegar a ocupar el del otro. Sólo entendiéndolo. Entendiéndolo y aceptándolo. Sin sentirse obligado a tener que dar algunas excusas, todas insufribles, y a pocas explicaciones. ¡Qué fresco eso! Porque él reconoce que lo parece, fresco o inédito pero también hay que descubrirse viviéndolo, para reconocer que siempre podría e incluso debería ser así. Y cálida no, lo real pero más cordial difícilmente.

Los desvía el Camino, aquí, campo a través y esa mole que venían mirando es lo que habrá que no sortear y ascender. Ella sube más fatigosamente que él, hasta que retoman el contacto con la carretera y con la mesa de orientación. Avanzaban henchidos y hasta que él se espeluznó.

– ¿Qué te sucede? -le preguntó ella cuando lo vio sobrecogerse de esa forma.

– Si te lo digo -le dijo el personaje del peregrino- creo que no me vas a creer.

– Estoy segura de que sí -le expresó finalmente ella.
– Pues me ha parecido vernos -le dice. Pero más que eso. He sentido como nos atravesábamos. En realidad no a ti, los dos que descendíamos, nosotros mismos que nos hemos girado imprevistamente, a un paso por delante, atravesándome al hacerlo los dos a mí.
¡Ah! Sólo era eso. ¡Qué susto me has dado! Creí que a tu corazón le sucedía algo espantoso y que ibas a morirte aquí. Ha debido ser un «déjà existé».
– ¿Déjà existé como déjà vu?
Sí pero un caso particular. Ven, sigamos, tiempo tendrás de entenderlo. Ahora sólo confía en mí, por favor.

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