«La existencia es un viaje en el que no existen los caminos llanos: todo son subidas o bajadas» — ARTURO GRAF

«Intuición, conocer la causa por intuición. ¿Qué juego se juega con la palabra intuición? -se pregunta el Wittgenstein lógico. ¿Qué muestras de habilidad se despliegan? ¿O no puedo saber realmente si alguien está o no en la otra habitación? Intuición, ¿es un modo de experimentar cosas de forma que alcanzamos un conocimiento con el que ya estábamos familiarizados en la vida cotidiana? ¿O es una quimera de la que hacemos uso meramente en filosofía? ¿O tenemos un caso en que valen las palabras; pues donde faltan las palabras siempre se encuentra una palabra a tiempo? La intuición debe ser un género de ver, un recorrer de un vistazo, no sabría más. Conocer la causa intuitivamente significa: conocer de cualquier modo la causa (experimentarla de un modo diferente al usual). Ahora bien, alguien la conoce pero ¿de qué sirve eso, si su saber no se acredita?»

El trayecto tal vez duró más de dos horas y, cuando el coche se detuvo, tampoco se le ofreció que el personaje del peregrino se quitara la venda de los ojos; al parecer, debía de ser importante que él no pudiera reconocer el lugar al que habían sido llevados, y tampoco por ningún detalle del exterior. La española había permanecido acariciando su cabeza durante todo ese tiempo. Lo estrechó contra sí y él se dejó reposar ahí, gozando de esas sensaciones redimidas desde el regazo de la infancia. No habían vuelto a tocarse desde la madrugada en Saint-Jean-Pied-de-Port, y esa ternura le supo a gloria. De su brazo -y a penas sin tropiezos- ella le condujo hasta ese cuarto en penumbra, que tanto le hizo pensar a él en el ‘Barry Lyndon’ de Stanley Kubrick. Y en el que la esperaba, ahora, ya con todos sus sentidos al descubierto.

La española había dejado al cuidado del personaje del peregrino su bandolera, mientras ella desaparecía en compañía del chófer con la promesa de regresar en tan solo unos minutos. Y aunque él en lo que concentraba sus esperanzas era en la noche por venir tampoco podía reprimir su curiosidad, queriendo averiguar tan solo si el objeto patafísico -al final decidieron de mutuo acuerdo llamarlo así- seguía siendo sensible a él pero no lo era, y lo único que le mostró fue, por su envés, la figura grabada de dos caballeros montados sobre el mismo caballo; que será cuando la puerta tras la que la española se había esfumado se abra y el objeto le abrase las manos, de tal manera que no le deje más alternativa que la de soltarlo. Sólo que, entonces, nada iba a poder dejarlo tan congelado como lo que vio.

La anciana debía de tener doscientos o trescientos años, él no lo sabe, porque su rostro estaba tan arrugado como el de un fruto desecado. Y aunque a pesar de ello, de que apenas le llegaba a Carmen a la altura del pecho y Carmen no era una mujer particularmente alta, se desprendía de ella una jovialidad indescriptible. «Querido monsieur Gallimard -recuerda que le dijo. No se imagina el gran placer que supone para mí que haya aceptado usted ser nuestro invitado.»

El personaje del peregrino, por supuesto, va a disculparse por su torpeza. Pero Mme. Blanchefort no pensaba concederle la más mínima importancia a nada. Le agarró del brazo, levantando el suyo para cogerse a él, con una delicadeza inenarrable. Y lo que el personaje del peregrino podría jurar es que le condujo, aún así, con una firmeza extrema, por los pasillos de aquella mansión, hasta lo que sólo puede describir como la biblioteca más seductora del mundo, con el aroma de los pétalos de las rosas y la esencia de su diseño, a través del floema, hasta el pedicelo donde, tras el receptáculo, se ocultaba la única ventana y a través de la que contempló la noche infinita, que será donde Mme. Blanchefort quiera saber si le aceptaría una copita de su elixir.

Mme. Blanchefort era absolutamente cautivadora o eso sabe el personaje del peregrino que pensó en cuanto llevó sus labios al borde de la copa, que es cuando recuerda que Mme. Banchefort quiera saber si él había escuchado hablar de George de la Tour.

El elixir de Mme. Blanchefort tal vez fuera la ambrosía, porque casi sin darse cuenta, y sólo mojando los labios, él había vaciado el contenido de la copa que ella de inmediato se apresuró a llenar. Y aunque el personaje del peregrino reconoce haber pensado lo inusual que era que ellas dos no lo acompañaran… la vida le parecía tan tentadora y deliciosa en ese instante que sólo se dijo: «Hervé, por Dios, alégrate y disfrútalo.»

Mme. Blanchefort, en ese momento, se dirige a la española para pedirle: «Querida, muéstrale tú a nuestro invitado el de la Tour. Hazme ese favor.»

El personaje del peregrino, evidentemente, ebrio, siguió sumiso a la española por el floema, percibido como una textura papilosa, y al mismo tiempo como un campo magnético de azafrán de iridiscentes estigmas, que volátiles se disipaban por las fosas nasales provocándole un cosquilleo sublime. Y mientras que, a veces, tenía la sensación de que ascendían por la helicoidal de una torre laberíntica hasta la morada última… entonces, o antes o después, la tenía de que descendían en espiral, y por entre los pistilos de la eternidad, hasta la mística mónada. Ella le dirá su nombre, el de su identidad matemática.

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