«El amor encontrará su camino, incluso a través de lugares donde ni los lobos se atreverían a entrar» — LORD BYRON

En Saint-Jean-Pied-de-Port son múltiples las puertas medievales, que atravesamos como seres fatigados de nuestra época. Esta ojiva, en concreto, por la que nosotros vamos a aparecer frente al Hôtel de Ville, la mairie, se encuentra a la vista de la Oficina de Turismo, es la puerta de Navarra o del Mercado. Pero ahí mismo nos dicen que hemos de imaginárnosla entre el ruido y la afluencia de las manufacturas y el comercio de la lana, los cerdos y el jamón, los productos de los pastores, y los cereales y el vino, los almadreñeros, algunos de este lado, otros del lado de la sierpe pero toda persona que entraba en Saint-Jean-Pied-de-Port tenía que abonar un derecho de paso, y para eso estaba el recaudador de impuestos, encargado por el rey de cobrar los peajes y las tasas sobre las mercancías vendidas en este opulento mercado medieval que también atraía a los peregrinos que hacían aquí noche.

Canteras de gres rosa y dinteles que conservan las huellas de los diferentes gremios, tejedores, sastres, sombrereros, cerrajeros o barberos. Ellos van a sentarse en el Café Tippia, un bar-brasserie, con terraza, sobre la Nive y bajo arces, a orillas del cual, por aquel entonces, se situaban las curtidoras.

El personaje del peregrino le habla de su trabajo como profesor, del regalo que ha supuesto para él esa vida, metódica, lúcida, tranquila, hasta que se atravesó en ella Véronique con su mofa constante. Por lo demás, era el trabajo en el que siempre había pensado que le gustaría jubilarse. Comenzó estudiando economía pero el primer año descubrió que ese mundo no le satisfacía y tomó la decisión de matricularse en la Université París 8, en el área de letras y lenguas, en Saint-Denis, hecho del que nunca habría de arrepentirse.

«Durante toda mi vida he tenido la impresión de estar aquí y lejos», algo que la española expresa y que él también recuerda, porque ella cita a Kieslovski en ‘La doble vida de Verónica’; una historia basada en el mito del «doppelgänger», aquel cuya existencia resulta fatídica de conocer, y que Carmen sugiere surge de una experiencia anterior del propio director, como un personaje secundario que asomaba en forma germinal en el episodio noveno de su ‘Decálogo’, como una joven que habría de sufrir una delicada operación para seguir cantando. Azar, necesidad, casualidad, teoría de, la predestinación, vidas cruzadas, encuentros y desencuentros. Carmen lo que se confiesa es enamorada de Philippe Volter, Alexander Fabbri en la ficción, que maneja de forma magistral los hilos de las marionetas… y del papel que juega en esa historia el espejo, la sensibilidad y el presentimiento.

– Ça va?
– Ça va bien.

Dejan el café y desandan lo andado hasta la rue de la Citadelle, porque como Carmen le recordó había que solucionar lo de esa credencial. Se encontraban frente a la Maison Laborde y ahora era el personaje del peregrino el que guardaba silencio. Estaban a un paso de deslizarse dentro cuando, aparentemente, él echó a faltar su teléfono. «¡Oh! -le dice poniendo su mano sobre su brazo para detenerla. ¿Te importaría acercarte tú al café y yo lo haré con el restaurante, luego?» La española responde que de ninguna manera le importa, y que se encontrarán en el albergue o a medio camino pero le pide que, mientras, le guarde esa bandolera de la que no se separa. Así que se la tiende sujetándola con el dedo pero cuando él va a agarrarla casi se va con ella de bruces al suelo. «Pero ¿qué llevas aquí dentro? -le pregunta. ¿Una losa?» Carmen se echa a reír y le contesta: «Todavía te puedo contar otro chiste de judíos…»

Pero al personaje del peregrino ya nada le parece divertido y piensa en Véronique y ese odio del católico del que ella se burla. Y lo que le explica Janine Curutchet es que primero fue Mme. Debrill, de la que ella era ama de llaves, quien manejaba la recepción de peregrinos en el número 27 de esta misma calle. Janine Curutchet es una mujer encantadora, que a pesar de su avanzada edad no ha perdido ni un ápice de su talante jovial. El personaje del peregrino está de suerte porque Janine le asegura que la ha encontrado sola por un casual y le pide que, si no tiene inconveniente, rellene él mismo el formulario de su credencial. Al principio ella ha pensado que va a quedarse en el albergue municipal, y se queja un poco de que las personas que la frecuentamos cada día nos estemos volviendo más y más exigentes, aunque reconoce que a ella le agrada acogernos y le ofrece un té que él no puede rechazar. Luego, es cuando ha comenzado a escuchar una música que se escapa de la bandolera de Carmen, y ha pensado que era una rotunda estupidez cargar el peso de un portátil como ese por el Camino. El teléfono del personaje del peregrino ella no lo habrá encontrado porque se quedó en Le Havre, esperando sobre una nota en la que él se despedía de Albany y le pedía que no hiciera nada por buscarlo. Todo -sentía él- estaba acabado ya entre ellos y ella, con lo que él consideraba una conducta imperdonable, había dictado la última palabra. Pero esa música no dejaba de sonar y a cada segundo que transcurría lo hacía cada vez más fuerte, hasta el punto de resultar ensordecedora. Y aunque Mme. Curutchet ni tan siquiera parecía percatarse. Era la Barcarola de ‘Los cuentos de Hoffmann’, también conocida como ‘Belle nuit’ o ‘Nuit d’amour’.

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