«Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú. Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú. Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé tú el que aparta la piedra del camino» — GABRIELA MISTRAL

Abajo hay un ordenador y al personaje del peregrino se le ocurre, precisamente ahí, realizar esa búsqueda, la de esa referencia por la que le preguntan a Viotte al llegar: «Chemin La Estrella». Y la búsqueda da su fruto, sólo que su imagen, la de la autora, no se corresponde con su nombre. Y ahí, lástima, Viotte se ha presentado y le ha preguntado al personaje del peregrino qué tal ha sido la cena. Así que él apenas ha tenido tiempo de comenzar a leer esa historia en red. Pero a Viotte lo que le dice es que nada puede haber resultado más perfecto. Y, entonces, se han puesto a hablar del Camino, y Viotte le ha mostrado su credencial, para ir señalándole algunos lugares, y ya cuando le ha visto bostezar se ha disculpado con él por entretenerlo, y ha esperado al pie de las escaleras a que el personaje del peregrino desapareciera antes de apagar las luces.

Tras auparse hasta la litera y transcurridos apenas dos minutos, Luis -es posible que por efecto de los copiosos litros de vino- comenzó a roncar a pierna suelta pero con un ronquido, de tal naturaleza, que habría que ser un dios impasible para ignorar ese bramido digno del toro de Poseidón. Aquello era insoportable, y parecía recorrer y chocarse con todos los rincones del caserón de Viotte. Y estos ronquidos guturales, poco a poco, fueron despertando la simpatía de los estertores de las camas vecinas. Y Carmen no tardó en responder también a ellos. Así que esto era -pensó el personaje del peregrino- la tan aplaudida vida en comunidad. Pero por sentirse tan ocioso y no contar con recurso alguno para matar ese tiempo de tormento se le ocurrió mover ligeramente a la española, sucediendo a continuación él no sabe bien qué; porque ella magia, a eso, cree que no deben llamarlo… Carmen había abierto los ojos y los dos comenzaron a acariciarse, primero las mejillas y los brazos y sólo para terminar estrechándose. Él habría dicho que aquel calor lo era y cree que cualquiera, que lo hubiera experimentado, también lo habría dicho. Después todo se ha complicado algo más, porque era evidente que ambos se experimentaban muy excitados pero el momento, de darle curso a un ardor como ese, con los frailes debajo suyo y las monjas, siempre tan silenciosas y risueñas, tan cerca, no era. Y lo que el personaje del peregrino ignora es como ella se las ingenió para que, después de algunas horas y de haberlas pasado inflamado, se le cerraran los ojos. Aunque abrir cree que los abrió casi de inmediato, para descubrir que Carmen ya había volado. Saltó apurado de la litera y corrió escaleras abajo. La encontró preparándose para irse y con un perro a su lado. El perro parecía ser que pasaba la noche en ese sillón. La puerta del albergue estaba abierta, y por ella podía entrar cualquiera. La española no deja de ser amable con el personaje del peregrino pero tampoco se mostró tan cálida como se había venido mostrando cuando la tenía entre sus brazos.

Algo antes de las 6h. ese infinito pasillo de la rue d’Espagne, en Le Chemin vers l’Etoile, se ilumina a su paso y van transitando ante ellos los hitos de ese Camino que, ahí, algún pintor desconocido ha trazado: la puerta de Notre-Dame, la iglesia gótica al pie de la Nive, la iglesia de Santiago y la de los Pares, al pie de las montañas de Roncesvalles; y a tres jornadas la bella Santa María de Eunate, a pocos kilómetros del puente medieval de Gares y, luego, Logroño, con el apóstol ecuestre, el guerrero matamoros frente a la amenaza musulmana, y las gallinas blancas de crestas rojas de la Calzada; y un paisaje como de amapolas y álamos sin gota de sombra, tras sobrepasar Burgos, yendo al encuentro con Hornillos y con Hontanas, antes de la Frómista del Canal de Castilla y del San Martín más elegante. Y, después, cigüeñas sobre Sahagún y, después, León y la catedral. Pero a partir de ahí, y aunque la española lo alumbre, el personaje del peregrino no logra ver nada. Que, entonces, no lo supo pero eso era un giro del destino, el giro hacia la ciudad origen.

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